| —¿Saben dónde
puedo encontrar a un patrón? Feliciano Floro… León
creo que le llaman.
—¿En qué barco anda?
—La verdad es que no lo sé. Tampoco estoy muy seguro de que
ahora ande embarcado. Sé que para por aquí.
—Aquí hay muchos patrones. No hay quien los conozca a todos.
Miradas esquivas, evasivas o teatrales encogimientos de hombros. Después
de la tercera barra visitada y el cuarto café ingerido, ante el
temor de que hubiese renunciado al apodo que tanto le enorgullecía
e incluso que hubiese adoptado un nombre falso, recurrí a la descripción
física. Pronto me di cuenta de que este recurso me hacía
todavía más sospechoso. Me detuve oportunamente. De seguir
así, en poco tiempo mi sola presencia sería suficiente para
hacer cesar todas las conversaciones en unos cuantos metros a la redonda.
Podía optar entre ser silencioso y procurar reunir discretamente
la información precisa para ir a tiro fijo al encuentro con Feliciano
o bien hacer el suficiente ruido para que le llegase y saliese él
a mi encuentro. Pronto descarté este último procedimiento.
Aunque no dudaba de su eficacia, temí que pudiera hacerme indeseable.
Intuía que, si quería adentrarme en un territorio fronterizo,
debía empezar a caminar con discreción y sin ser oído.
Pero me urgía encontrarlo. Tenía que volver a mi trabajo
en Madrid. Consuelo, la todopoderosa gran clueca de la editorial, me había
concedido el favor de poder pasar un número indeterminado de días
con mi familia, pero se trataba de una gracia de la que nunca convenía
abusar.
A pesar de que la fría humedad se clavaba en los huesos, decidí
pasearme por el puerto para ordenar mis pensamientos y urdir una estrategia
más eficaz que la que estaba poniendo en práctica. Comencé
a caminar por el largo dique. La niebla había levantado algo. Aún
así, el cielo y un mar manso se fundían en una masa de color
gris plomizo en la que las embarcaciones amarradas o las escasas que entraban
o salían ofrecían unos contornos desdibujados que les conferían
un aspecto irreal. Casi todas tenían una pequeña grúa
para los trabajos en las numerosas bateas de mejillón que jalonan
la ría.
La imagen de domesticidad que ofrecía el puerto me pareció
engañosa. La recogida o la siembra del mejillón no difieren
mucho de las labores del campo. El pequeño recorrido en el barco
hasta llegar a la batea tampoco parece muy distinto al paseo para ir a
una finca situada en las cercanías. Para un marinero, la ría
es la propia casa. El mar llega hasta el propio hogar. Pero al mismo tiempo
es una invitación al resto del mundo. La ría comunica con
el océano y el océano es el mundo entero. El mar, no hay
que dejarse llevar por las apariencias de las generalmente tranquilas
aguas del interior de la ría, es riesgo y aventura. El marinero
es cazador, mucho más transgresor que el labriego cuya mansedumbre
desprecia. Con ese tipo de hombre me las tenía que ver, y era mejor
que lo tuviese claro desde el principio. Para un cazador metido en faena
sólo existen presas, compañeros de batida, o bien obstáculos
y distracciones.
En una de las rampas del dique, un grupo de personas estaban metiendo
a bordo aparejos y víveres para hacerse a la mar. Me deslicé
hasta la proximidad del barco. Uno de los marineros cogía los bultos
y los depositaba sobre la cubierta de la embarcación. Cuando se
disponía a saltar de nuevo a tierra, se encontró con una
caja que yo le pasé con gesto de normalidad. Hasta que no hube
acarreado el tercer bulto no inicié la conversación. Procuré
que pareciese que no tenía ningún interés especial
en lo que estaba haciendo y que mi curiosidad no pasara de una atracción
genérica por una actividad que por fuerza había de resultar
pintoresca para alguien con inequívoca pinta de señorito
de ciudad. En esos casos da mejor resultado parecer algo torpe. Inspira
más temor y desconfianza quien demuestra conocer en qué
terreno se mueve. Aparentando ser un forastero desocupado, curioso y algo
bobalicón, como sólo lo puede ser quien se interesa por
lo que no le concierne, inicié una conversación mientras
procuraba que la utilidad de mi ayuda predispusiera favorablemente a mi
interlocutor. Lo había buscado joven deliberadamente: la desconfianza
es como una segunda piel que se va engrosando con el tiempo y la rudeza
exterior.
—¿Qué pescáis?
—Lo que cae.
—¿Con red?
—Sí, con red. Pero las hay de muchas clases.
—Ya me imagino. ¿Y la de este barco cómo es?
—Nosotros pescamos al arrastre. Tiramos el aparejo por popa, nos
damos una vuelta por ahí para que se llene y después lo
subimos a bordo.
—¿Y siempre se llena? —la mirada del marinero me hizo
pensar que me estaba excediendo en mi papel de pardillo.
—Unas veces sí y otras no.
Parecía que se iba a instalar en un laconismo que me haría
perder otra vez la partida. Volví a intentarlo.
—¿Y qué hacéis para que se venga más
veces llena que vacía? Porque supongo que pescadores los habrá
buenos y malos ¿no?
—Claro, el patrón es el que sabe dónde hay que echar
el aparejo. Un buen patrón trae peixe cuando los otros vuelven
con la bodega casi vacía.
—El patrón es el que manda el barco ¿no? —Dije
y, sin esperar respuesta a la obviedad, añadí:
— ¿Hay patrones de fuera o son todos de El Grove?
—Alguno hay que no es del pueblo; ¿por qué?
—Una vez coincidí en un avión con un tipo muy simpático.
Era de León y creo recordar que me había dicho que trabajaba
de patrón en El Grove. ¿Lo conoces por casualidad? Me gustaría
saludarlo. —Me di cuenta de que me estaba evaluando y decidí
seguir hablando para darle ocasión de que se persuadiese de lo
inofensivo que yo era— En realidad estoy aquí por lo que
me contó de este pueblo, sobre todo de lo bien que se come.—
Después de una breve pausa añadí para que no olvidase,
o fingiese olvidar, mi anterior pregunta —Me parece que se llama
Feliciano y que es de la zona de Ponferrada o del Bierzo, no sé,
—hice como que buceaba en la memoria en busca de datos— me
habló de las minas de carbón, así que debe de ser
de por ahí.
—No sé si sigue por aquí. Solía comer en O
Corgo, cerca del puerto.
—Supongo que será un buen sitio para comer, a nuestro hombre
parecía gustarle la buena mesa. Si no lo encuentro, al menos podré
ponerme a gusto. —Aunque no esperaba una nueva información,
seguí representando precavidamente mi papel; no sabía muy
bien de qué me defendía, pero era consciente de que podía
estar acercándome a alguno de los círculos del infierno
de Dante y debía obrar cautamente.
Decidí quitarme de en medio hasta que se aproximase la hora de
comer. Después de haber localizado el local que me había
señalado mi joven comunicante, cogí el coche y me acerqué
hasta Pontevedra donde en una cafetería podía dejar transcurrir
el tiempo en el anonimato de la ciudad.
A las dos en punto estaba en O Corgo abordando, esta vez con toda decisión
y dando por supuesto que sabía que lo podía encontrar allí,
a un camarero de aire desgarbado:
—¿Ha venido ya Feliciano, León?
Mi tono quería denotar seguridad pero temo que exageré un
poco y sonó autoritario. En su semblante casi se pudieron ver las
valvas de una almeja cerrándose.
—Esta mañana pasó por aquí para dejar recado
de que tal vez no venga a comer —afirmó mientras una mirada
suya hacia atrás me alertó. Feliciano salía en aquel
momento de una puerta a mitad de camino entre el lugar donde nos encontrábamos
y un pasillo que debía de conducir hacia el interior de la cocina.
Dejé al camarero con gesto contrariado y me dirigí a grandes
trancos a su encuentro.
Un leve gesto de sorpresa sin sombra de incomodidad, según me pareció,
precedió un instante a una franca sonrisa de bienvenida. Sin mediar
palabra me extendió los brazos y nos fundimos en un fraternal apretón
acompañado del ya ritual par de besos en ambas mejillas. Me señaló
una mesa ocupada por dos individuos que me miraban con extrañeza.
No me preguntó qué hacía allí ni cómo
había dado con él. Me pareció que le interesaba aparentar
ante los de la mesa que mi presencia allí era algo normal. Supuse
que por alguna razón no quería mostrar ante ellos que alguien
podía encontrarlo sin que él lo supiese previamente. Me
presentó a los dos sujetos. Sólo recuerdo que al más
hablador e incisivo le llamaban Páxaro, seguramente por su nariz
aguileña aunque en mi recuerdo perdura sobre todo su mirada penetrante
que, de tener que clasificarlo en el orden taxonómico que sugería
su apodo, me haría incluirlo en la familia de las rapaces. Feliciano
me presentó a ellos como “un viejo amigo de los tiempos difíciles”.
—Se dedica a escribir cosas raras. Cuando se decida a sacar un libro
de aventuras, va a contar mi vida.
—No me digas que tienes un amigo escritor, León. Joder, qué
fino. —Luego se dirigió a mí más conciliador
O Páxaro— Están muy bien los libros de Vázquez
Figueroa. Me acuerdo de alguno que leí al ir y volver de ruta cuando
andaba al Gran Sol.
—Pues hay una novela del Gran Sol que a mí me pareció
buena, pero que vosotros los gransoleros sois los que de verdad podéis
saber si cuenta algo que se le parezca. Es de un tal Ignacio Aldecoa.
—Sólo me faltaba leer cosas del Gran Sol yendo al Gran Sol.
¡Ni que hiciera falta ambientación! —dijo despectivo
O Páxaro. Y añadió en tono exageradamente didáctico:
—El libro de instrucciones lo coges con la cartilla de navegar;
si no, ya no te lo dan en ningún sitio, ¿sabes?
Su condescendencia resultaba más humillante que si hubiese hablado
con desprecio. Me estaba bien empleado por no haber conseguido dominar
un reflejo pavloviano al oír hablar de libros. Era el colmo de
la ingenuidad pretender charlar de literatura con los interlocutores que
tenía enfrente. La experiencia, eso sí, me sirvió
para darme cuenta de que tenía que ser más cauto. Y, sobre
todo, de que estaba frente a una realidad desnuda, sin mediaciones. Entonces
yo habitaba un mundo poblado por metáforas que hace contemplar
en clave libresca hasta los asuntos más serios. Este modo perverso
de ver las cosas, propio de quien se ha situado en una orilla desde la
que observa discurrir la vida plácidamente, acaba por cubrirlas
con un velo de irrealidad.
Tal vez por eso —lo pienso ahora, en aquel momento mi estado febril
me impedía reflexionar—, después de varios años
de extraño en el paraíso quería ver de cerca un mundo
más real. Mi error mortal consistió en sentir la llamada
de la selva creyendo que me encontraba en un safari fotográfico
después de recibir las pertinentes vacunas contra las enfermedades
tropicales. Y los leones que oiría rugir, creía que protegido
por una prudencial distancia, no eran de atrezo; ni tan siquiera de zoológico.
Poco a poco dejaron de prestarme atención y la charla se deslizó
hacia los temas tópicos que supongo que solían ser habituales
en sus comidas. Hablaron de pesqueros, de bateas de mejillón, de
conocidos mutuos, de reparación de barcos… de una cotidianidad
que, tan sólo porque mi actividad no tenía nada que ver
con aquel mundo de argonautas de ría, me resultaba vagamente exótica.
Únicamente se me abrió una ventana que me permitió
atisbar un destello. En un momento especularon acerca de la inversión
necesaria para contar con un número suficiente de bateas para poder
vivir sin complicaciones. Hablaban de ello sin excesivo interés,
como si se tratase de algo a su alcance pero que no formase parte de sus
planes inmediatos. Desde luego, se referían al dinero con una cierta
despreocupación, bien distinta de la avidez de quien apenas le
alcanza para llegar a fin de mes. En ningún momento se aludió
a propiedades. Aunque su modo de hablar tampoco permitía excluir
que tuviesen algunas mejilloneras en explotación. Si se trataba
de contrabandistas, no lo eran a tiempo completo. En todo caso, me parecía
claro que tenían otras ocupaciones y no se trataba de simples tapaderas.
Muchos de los estereotipos que yo traía habían de ir cayendo.
No es que me esperase encontrar la feliz comunidad de bucaneros de la
Isla de la Tortuga, pero la conversación probablemente no diferiría
mucho de la que se sostenía en cualquier otra mesa del local, o
de cualquier local de cualquier puerto pesquero de los que jalonan las
rías. Probablemente la única diferencia apreciable sería
el tono de las voces. Las de mis acompañantes tenían una
firmeza y una determinación poco comunes.
Me sentía cómodo en mi condición de espectador semiignorado
y no hice esfuerzo alguno por intervenir en una conversación en
la que únicamente podía hacer preguntas que me situarían
automáticamente en el papel de habitante de otro mundo. Una vez
que dimos cuenta de una caldeirada de raya algo más que correcta,
tras los cafés establecieron una cita de un modo enigmáticamente
irreproducible; desde luego alguien que, como yo, no estuviese al tanto
de sus asuntos no podría saber si se encontrarían al cabo
de cinco minutos o de cinco meses. No obstante, tuve la impresión
de que no se verían a lo largo de esa tarde al menos.
Se levantaron nuestros dos compañeros de mesa y me enfrenté
con la mirada de sorpresa y recelo de mi viejo amigo.
—No me digas que ya aparezco en las páginas amarillas.
—Me hubiera facilitado la maniobra. Telefónica debería
hacer un seguimiento de los que tenéis algo que ofrecer e incluiros
automáticamente.
—Ya me sobran las tías sin publicidad.
—Imagino que comprenderás que mi interés es completamente
diferente.
—Desde luego; pero de ti siempre espero amistad, no interés.
—Naturalmente, pero además vengo buscando algo que sí
te puede interesar a ti. —Decidí ganarme su colaboración
a través de la vanidad.— Tengo tema y necesito personaje
para una novela que me anda rondando la cabeza.
—¿Y has pensado en mí? No me lo puedo creer. Al fin
el gran, el magnífico novelista Andrés Reboiras se ha fijado
en este humilde aventurero y va a incluirlo en una de sus intrigas para
intelectuales. ¿Y qué papel tengo yo ahí?
—Nada de complicaciones intelectuales. Aventura y acción
en estado puro. Y tú de eso no debes andar falto.
—Ya sabes que la aventura es lo que se cuenta. Lo que se vive es
la desventura.
—Ya lo contaré yo. Acércame tú al asunto.
—Si lo sabes todo de mí. Conoces de sobra todas mis andanzas.
—Precisamente lo que desconozco es lo que me interesa. Y hace algún
tiempo que no sé nada de ti.
—Tampoco tiene el más mínimo interés, no te
vayas a pensar. Me he aburguesado. Lo que pretendo es que no haya desventuras
que contar en adelante.
—No me vas decir que algún armador te ha dado trabajo de
contable y que tu vida transcurre ahora entre facturas de reparaciones.
—No es eso; pero hay mucha más rutina que otra cosa en lo
que hago.
—No te conozco, León. Si hasta arreglar los papeles de los
días de mar para el título de patrón tenías
la virtud de convertirlo en un trapicheo con los que tenían que
firmártelos, y ahora me hablas como si fueras un funcionario. ¿Quieres
ocultarle algo a tu compinche? ¿Por quién me tomas?
Lo directo de mi interpelación lo desarmó. Acusó
recibo dirigiéndome una mirada en la que apareció una breve
chispa de complicidad que se extinguió rápidamente. Volvió
a parapetarse detrás de una impenetrabilidad que no le iba en absoluto.
Respondió con un laconismo forzado:
—El silencio ahora es parte de mi trabajo.
—Pues el mío va a ser enterarme de qué hay detrás
de él. Así que pronto me tendrás por aquí.
Vete inventando qué pinto yo en medio de todo esto, porque en cuanto
arregle algunos asuntos en la editorial, vuelvo y me instalo aquí.
—Supongo que estarás bromeando. Esto no es ningún
juego.
—No estoy pensando en jugar. Tengo un tema para escribir y está
aquí. No voy a pasarme toda la vida adecentando las mierdas que
escriben otros. Necesito publicar algo que me permita dar el salto para
dejar de ser un autor semiclandestino. Estoy convencido de que aquí
hay un asunto caliente.
—Ya lo creo, pero por aquí nadie tiene interés en
que salgan a la luz las cosas que conviene hacer a oscuras.
—No vengo de periodista a hacer una investigación. Se trata
de captar ambiente, ver personajes, comprender motivaciones, modos de
estar. No me interesa lo que hacen, sino cómo y por qué
lo hacen.
—Pero tú aquí eres un extraño. Cantas sólo
con tu pinta. Y además, no me jodas, bastantes dificultades tengo
ya para tener que preocuparme de un pipiolo que viene a ver el lado oscuro
porque decora mucho en una novelita para intelectuales. Vete olvidando
esa idea.
—Ni lo sueñes. Te guste o no, me vas a tener aquí
pronto. No tienes nada que hacer. Ya sé cómo localizarte
y conozco a algunos de tus amigos, así que mejor es que te hagas
a la idea y me vayas preparando el terreno. O si prefieres, ya me lo prepararé
yo cuando venga. No les vas a decir a tus socios que me echen a palos
o de peores modos ¿verdad?
Alcé ligeramente la voz al pronunciar la última frase a
sabiendas de que lo último que deseaba Feliciano era que alguien
en las mesas vecinas comenzase a prestar atención a nuestra charla.
La situación me estaba divirtiendo. Hacía un momento había
sido advertido de que allí no se jugaba y no me lo había
creído. Todo el mundo juega. Desde pequeño, nunca he podido
evitar que las actividades consideradas importantes por los adultos me
parecieran pueriles. La solemnidad de los políticos, de los negociantes,
con sus semblantes tan serios, siempre me pareció una máscara
con la que ocultaban la vergüenza que les daba ser tan mayores y
enfrascarse en fútiles juegos, no muy diferentes en sus motivaciones
de los que los niños acometen sin necesidad de ocultarse tras tan
conspicuo ceremonial. Lo mismo que lo que diferencia a los jugadores de
azar son las cantidades que arriesgan, así en los juegos de adultos
unos ponen más y otros menos en el lúdico envite.
Me pareció que donde estaba Feliciano se jugaba fuerte y yo quería
participar en la apuesta. Creía tener el privilegio de estar del
lado de fuera, y por lo tanto menos implicado. De ahí mi diversión.
Me producía una especial excitación la idea de abandonar
la apacible senda por la que había transitado hasta entonces. Sentía
un cosquilleo de burbujas bullendo traviesamente en mi cerebro. Las novedades
me tenían en un estado de excitación creciente. Los contrabandistas
o el sexo sin los límites impuestos por la civilizada cortesía,
tal como lo había experimentado con Elena hacía tan sólo
unas horas, eran cosas que sabía que estaban ahí; pero que
generalmente transcurrían en un mundo paralelo al mío. Y
ahora su proximidad me rozaba; no puedo decir que su cercanía me
resultase desagradable.
Tenía que aprovechar la momentánea ventaja que había
conseguido con Feliciano y que no podía prolongar sin arriesgarme
a perderla. Puse sobre la mesa la misma cantidad de dinero que habían
dejado cada uno de nuestros otros dos comensales ya idos y con una amplísima
sonrisa dije con exagerada teatralidad:
—Prepara mi segunda venida. Por los viejos tiempos.
Su mirada denotaba más estupor que furia. No podía alzar
la voz allí. Apresuré el paso, una vez en el coche, me acordé
de Elena y mi primer impulso fue acudir a su encuentro. Pero decidí
no llamarla. Todo estaba prometido para mi regreso y, aunque el vértigo
que sentía anunciaba caída libre, decidí atar todos
los cabos que pudiese. Me faltaba dinero para sobrevivir mucho tiempo,
así que no me quedaba más remedio que intentar mantener
algún vínculo con la editorial. No tenía todavía
una idea muy clara de cómo se iba a tomar la Gran Clueca Consuelo
mi abandono y era mi voluntad no quemar las naves. Estaba estrenando una
audaz confianza que brotaba de la astucia de la que nunca estuve escaso,
pero que hasta entonces apenas había utilizado para nada práctico.
Bernar Freiría
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