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Los dos PP o la encrucijada de la derecha |
La defección de María San Gil, que se negó el lunes pasado a presentar la ponencia política de su partido que ella misma había contribuido a redactar, favorece la visibilidad de la cesura que existe en la derecha española. Desde la derrota electoral del 9-M han ido apareciendo señales, primero en los medios de comunicación y después en el propio partido, de que el PP ya no cierra filas en torno a su líder, Mariano Rajoy. No se trata de una simple disputa por el control del partido —Esperanza Aguirre— ni de discrepancias en torno a la línea a seguir –Zaplana, Acebes—; el gesto de San Gil muestra que existe una línea divisoria entre dos modos de estar en el PP.
En el principio fueron la Democracia Cristiana liberal y centrista, y Alianza Popular que recogía la militancia procedente de la derecha autoritaria y franquista. El gran anfibio, Manuel Fraga, llevó a cabo el milagro de fundir en un solo partido las dos corrientes. Hay quien atribuye a Fraga —ex ministro y embajador del general Franco— el mérito de haber logrado que esa derecha franquista y autoritaria —la extrema derecha, en el estándar europeo— se integrase en un partido y aceptase las reglas del juego democrático. Los Girón de Velasco, Blas Piñar, Sánchez Covisa y otros líderes montaraces se quedaron pronto sin militancia. Los miembros de su grey, si acudían a las urnas, votaban disciplinadamente al partido de la gran derecha, primero AP y luego PP.
Fraga pagaba su pasado y su atracción irresistible para la derecha asilvestrada con su famoso “techo electoral” que le impedía ganar unas elecciones. Tras un intento fallido de sustituirlo por un inconsistente Hernández Mancha, Aznar fue capaz de ganar dos citas electorales seguidas, la segunda por mayoría absoluta. ¿Fueron esas dos victorias conseguidas por méritos propios o por demérito del PSOE? El primero de esos triunfos se gestó al grito de “váyase, señor González” coreado por buena parte de la ciudadanía harta de la corrupción rampante del partido en el Gobierno. La derrota en esa cita laminó a los socialistas y los atrapó en un ensimismamiento sucesorio del que no se despertaron hasta la parusía gloriosa del hábil y oportunista Zapatero.
Obviado el primer triunfo de Zapatero por las circunstancias extraordinarias que lo rodearon, el reciente del 9-M da algunas claves interesantes para analizar el futuro del PP. Los resultados obtenidos por este partido han de ser calificados de magníficos, porque en términos absolutos el PP obtuvo más sufragios que cuando alcanzó la mayoría absoluta. Para obtener la confianza de diez millones de votantes es necesario que no haya perdido ni uno solo de los votos que le llegan por la banda más a la derecha de su electorado y, además, estirarse bastante por el centro. Y, no obstante, la manta le quedó corta: perdió las elecciones. Ahora están en pugna las dos almas del PP. Así lo corroboran las retiradas de Acebes, Zaplana y Mª San Gil y las alabanzas de sus corifeos. Esas dos almas, que ya estaban en el origen del partido y que siguen coexistiendo, son actualmente la de una derecha centrista moderada y la de otra autoritaria, centralista y un punto xenófoba que provoca rechazo en el centro sociológico de la población y, sobre todo, en la izquierda y los nacionalismos periféricos. La movilización de esa izquierda con permanentes tentaciones abstencionistas —la llamada “izquierda volátil” que vota al PSOE tapándose la nariz— ha sido la clave del triunfo socialista.
La lucha entre las dos facciones del PP está alentada, como siempre, por un ansia lógica de controlar el partido y de hacerse con el Gobierno, pero también por la impaciencia que provocan dos derrotas consecutivas.
Lo que es ideología en las zonas bajas e intermedias de la militancia, es cálculo electoral en las cúspides. Quien quiera llevar al PP a la victoria electoral tiene dos estrategias posibles. La primera es estirarse todavía más por el centro para disputarle esa franja al PSOE. Es obvio que cada voto de esa zona intermedia que se trasvase de los socialistas a los populares acerca más el triunfo a los últimos. Pero ese estiramiento está empezando a desafiar las leyes de la física; la trama elástica del tejido partidario popular amenaza con romperse precisamente por la derecha. La segunda estrategia pasa por conseguir la abstención de esa “izquierda volátil” para que con los diez millones de votos los conservadores puedan ganar unas elecciones.
En ambos casos, el delicado equilibrio entre las dos almas del PP no puede quebrarse. Los representantes de las dos facciones están condenados a permanecer unidos en un solo partido. Si una de ellas desaloja a la otra, la única esperanza que tendrá la derecha es que los socialistas se encarguen ellos solitos, como en la última época de González, de dilapidar su capital político. |
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Artículo
aparecido en:
La Opinión de Murcia |
Fecha publicación:
15/05/2008
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