La universidad de Valencia ha llevado a cabo un estudio en el que se analiza el poder para crear opinión que tienen algunas series televisivas. Al leer esto es imposible no acordarse de aquella antigua, progre y bienintencionada —e ingenua, vista con los ojos de hoy— serie estadounidense, Hotel, protagonizada por James Brolin en los años 80, que trataba de transmitir una visión del mundo superadora de viejos prejuicios racistas y homófobos y de combatir el darwinismo social.
Ahora son Dr. House, Los Simpson, Shin Chan, El ala oeste de la Casa Blanca, entre otras, las capaces de generar opinión a través de los foros de páginas web en los que los internautas se aplican a su formación moral a partir de las andanzas de los protagonistas de su serie favorita. Es la versión actual de aquellas Vidas de santos que el cristianismo tenía tanto empeño en divulgar por su valor formativo. Según Guillermo López García, uno de los autores del estudio de la universidad valenciana y entusiasta de la serie El ala oeste de la Casa Blanca, la opinión que los ciudadanos de Estados Unidos tienen de sus políticos ha mejorado considerablemente tras el éxito de las peripecias del presidente encarnado por Martin Sheen.
Hay que reconocer que nuestras cutres series patrias, como Aquí no hay quien viva, Aida, Los Serrano y similares, derrochan también pedagogía del “buen rollito”, aunque todavía nadie se ha atrevido a hincarle el diente a ninguna de las alas de La Moncloa. Productores y guionistas hacen mal en no atreverse a dramatizar la política española. Podrían desde la ficción contrarrestar los nefastos ejemplos, por un lado, de San Gil, Mayor Oreja, Aguirre, Gallardón lanzándose golpes por debajo de la mesa —sobre todo, ahora que también se ha sumado al navajeo el imperial Aznar—; y por otro, el de Ibarretxe y Zapatero acudiendo con sus testuces bajas y los puños apretados al choque de trenes mientras se acusan mutuamente de provocar la colisión.
Algún avispado debería convencer a quien corresponda para rodar una serie donde se muestre el difícil y abnegado trabajo de un político, sea socialista, popular o nacionalista. Más que nada, para acabar con la leyenda urbana de que el político está ahí para forrarse y perpetuarse en el cargo. O aquella otra que dice que todo político está dispuesto a cualquier felonía, cohecho o trapacería con tal de beneficiarse. ¿Para qué enfangarse en discusiones estériles sobre la disgregadora Educación para la ciudadanía pudiendo educarse con deleite a través de una serie? Se ofrecerían descargas bonificadas a través de programas P2P para centros educativos, pagando religiosamente —eso sí— el canon de la SGAE. Además, en Valencia podrían doblarla en inglés con subtítulos opcionales, aprovechando las enormes posibilidades de la TDT, en valenciá, castellano y español.
Las series crean opinión; el fútbol, devoción. A tres semanas del campeonato europeo de selecciones de fútbol, no podía faltar la encuesta acerca de la importancia del fútbol en la vida de la gente. En España, se ha revelado como el fenómeno de masas más trascendente. El 88% de la población dice soñar con el fútbol, mientras que la media europea de soñadores futboleros sólo alcanza un 60%. Pero es que cuando se trata de admiración, el 61% de los españolitos, el doble que la media europea, admira por encima de todo a los futbolistas profesionales. La pasión llega al punto de que el 72% de los encuestados españoles prefiere asistir a un partido que tener sexo con una pareja. Última cifra, el 63% de los españoles planifica su vida alrededor del fútbol. Esto es lo que hay. Ahora pueden venir los sociólogos y hermeneutas a encontrar significado a todos esos datos y los buscadores de esencias patrias a acotar el hecho diferencial español. Si en Estados Unidos un antiguo actor de western llegó a presidente de su país, ¿por qué no en España un ex futbolista? Nada de reivindicar "¡Raúl, selección!", vamos directamente a "¡Raúl, presidente!". Habida cuenta de esa peculiar e intensa devoción hispana por los pateadores de balón, las horas que quedasen libres se podrían complementar con partidos de fútbol las series formadoras de opinión. A fin de cuentas, siempre ha producido adhesiones más inquebrantables la religión que la razón. |