Decíamos ayer

Hace dos semanas advertíamos de la existencia —desde su origen—de dos almas en el PP y de la necesidad de que el partido conservase la unidad pese a las dificultades de hacer atractivas las mismas siglas a personas de ideología poco compatible. Los claros disensos que se observan entre los conservadores —cuya última y rotunda manifestación, cuando esto escribo, ha sido el artículo de Gabriel Elorriaga en un periódico madrileño— hacen pensar que la falla comienza a dibujarse. La adscripción ideológica de las personas que habían manifestado más o menos abiertamente su discrepancia con la línea política de la actual dirección del partido parecía indicar que, ante el —en realidad más adivinado que anunciado— giro centrista que estaría dispuesto a imprimir Rajoy al PP, el ala situada más a la derecha del partido mostraba su discrepancia, si bien más como un sentimiento —falta de confianza de María San Gil o ausencia de resignación en el caso de Esperanza Aguirre—que como una abierta crítica a la línea política.
La evolución de las cosas obliga a afinar en el diagnóstico de lo que está sucediendo en el PP. Es cierto que destacados representantes del ala más dura del PP se están significando en su oposición a Mariano Rajoy. Pero, además, hay dos elementos que abren un poco más el espectro de la disidencia. Rodrigo Rato, quien de ninguna manera puede ser adscrito sin más al ala dura del partido, ha respondido con un áspero desaire a la embajada de Rajoy materializada por Federico Trillo para parlamentar. Tampoco está en la línea dura del partido Juan Costa, cuyo mentor político fue el mismo Rato, y parece perfilarse ahora como un posible adversario de Rajoy en el congreso del partido que se celebrará en junio. Sin embargo, el único que hasta ahora ha puesto por escrito y ha hecho públicos los motivos de su disidencia ha sido Gabriel Elorriaga. Se puede decir que la única objeción explícita y seria que hace el actual secretario de organización al presidente de su partido es la de que no es el líder adecuado para la nueva etapa de oposición que le toca desempeñar.
Sin duda, la pérdida de las elecciones por segunda vez consecutiva es un argumento de peso en contra de un líder. Especialmente cuando quien lo ha vencido era denostado por inconsistente y falto de preparación. Ya se sabe que nada confiere más carisma que el poder y nada deja más desnudo de él que una —o dos— derrotas. Y esa desnudez, por lo visto hasta ahora, la detectan tanto el ala derecha como la centrista del Partido Popular. Por otra parte, los apoyos más explícitos a Rajoy provienen de los barones territoriales de Valencia y Murcia, más la líder de Castilla La Mancha. No se puede decir que en el apoyo de Camps y de Valcárcel—tímido y del que no se puede descartar una eventual marcha atrás— haya claras motivaciones ideológicas. Ninguno de los dos puede ser considerado un ejemplo de centrismo y sí ambos de pragmatismo. En el caso de Valcárcel, su asociación con un territorio de gran peso como Valencia puede estar en la clave de su seguidismo de Camps. Éste último puede estar intentando ser el señalado por el líder para sucederle.
Así, la motivación de los que intentan moverle la silla a Rajoy puede ser la impaciencia más que la disputa de una hipotética ortodoxia. Si fuera así, en principio el jaleo puede no ser tan malo para el partido como una eventual quiebra ideológica. Los que no saben si cuentan o saben que no cuentan están animando la disputa. Otros, antiguos damnificados como Vidal Quadras, o ambiciosos que saben que el dedo que señala al sucesor no se va a posar sobre ellos, también tienen motivos para intentar moverle la silla al denostado líder. Lo que no se puede saber es si Rajoy aguantará los embates o si el partido saldrá incólume. Cuando las fuerzas centrífugas se desatan, lo único que se sabe es que lo que no tenga una fuerte sutura saldrá despedido tangencialmente. Veremos si lo centrifugado es un fragmento importante o solo las excrecencias del aparato. En estos tiempos que corren, la ideología o sirve como munición para la batalla o queda para uso y disfrute de los más simples. De ellos es el reino de los cielos.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
29/05/2008


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