Crisis y encrucijadas

Las palabras siempre muestran más de lo que tratan de ocultar. Los poetas a sueldo del Gobierno buscaban ayer términos para no llamar por su nombre al felizmente ya innecesario trasvase del Ebro a Barcelona. Hoy, es la crisis económica la que excita la imaginación verbal y mezcla la aceleración con las cosas de comer, que se están poniendo por las nubes. El crecimiento económico español era hasta hace poco la envidia de la UE y de pronto se ha volatizado con una velocidad también sin parangón entre los países de nuestro entorno. El paro también está creciendo en España más deprisa que en esos mismos países. Nuestra economía parece, para seguir con la metáfora de la aceleración, un nervioso bólido de F-1 capaz de las más fulgurantes celeridades y de los más bruscos frenazos. Esperemos que no acabe derrapando en una de esas broncas reacciones .
¿Cabe esperar, tal como proclama el Gobierno, que la crisis desaparezca con tanta prontitud como apareció y que vuelvan felices tiempos de bonanza? La salida del bache, desde luego, no va a ser inmediata. Es más, el paro aumentará durante buen número de meses y tardaremos en encontrar la senda del crecimiento, que ya no va a ser tan cómoda y fácilmente transitable como lo era antaño.
Hay también, es cierto, algunos motivos para el optimismo. Nuestra pertenencia al sistema monetario del euro impedirá que nuestra moneda se deprecie del modo en que lo haría si siguiésemos con la peseta. Por otra parte, el sistema bancario español, aunque interconectado con la banca internacional y por tanto inmerso en la borrasca de las hipotecas subprime, tiene una base de funcionamiento sólida y resistirá mejor que muchas entidades crediticias extranjeras. Y el superávit fiscal español hace que la crisis no nos pille con la caja vacía, lo que siempre permite un cierto margen de maniobra al Gobierno de turno para tomar medidas que exijan tirar de presupuesto. Y ahí se acaban los motivos para la confianza. Los tres grandes motores de la bonanza económica que veníamos disfrutando —turismo, construcción y consumo interno— no son precisamente sólidos pilares en los que poder confiar para la recuperación. El turismo se va a resentir porque la crisis afecta también a los países de origen de nuestros visitantes habituales y por tanto vendrán en menor número y gastando menos. Con todo, el turismo será el valor más seguro de la tríada. El cuanto al consumo, ya estamos viendo cómo se resiente. La caída en la matriculación de vehículos nuevos —en el mes de mayo se matricularon un 24,3% menos que en el mismo periodo del año pasado, la mayor caída desde 1993— o el descenso en el consumo de carburantes —el 10%, en el caso del gasóleo—son buenas muestras.
El sector de la construcción, por su parte, es en sí mismo un indicativo y un problema. Un indicativo de la poca imaginación empresarial, porque al calorcillo de las ganancias fáciles y rápidas, no pocos se han convertido en empresarios de fortuna sin conocimientos ni cualificación para ello. Por otra parte, las viviendas se convirtieron en un polo de atracción de inversiones especulativas. Estaba claro, y algunos lo dejamos escrito hace ya mucho tiempo, que no se podía construir al ritmo que se estaba haciendo en España. Una vez pinchada la burbuja inmobiliaria, la oferta de vivienda se ajustará a la demanda real, lo que se traducirá en una actividad mucho más moderada en el sector. El problema es encontrar qué otro sector puede desempeñar el papel que en nuestra economía estaba teniendo el del ladrillo. Eso es lo difícil de vislumbrar, porque algo así no se improvisa de la noche a la mañana.
La ministra de Medio Ambiente, Medio Rural y Marino, Elena Espinosa, se desayuna ahora con que la agricultura es un sector estratégico. Así pues, ahora se dan cuenta de ello en nuestro Gobierno. El problema es que la producción agrícola y ganadera está regulada en toda la UE por las PAC (Política Agrícola Común) y que los acuerdos para modificar las cuotas de producción —para adaptarse a la fuerte presión actual de la demanda— asignadas se toman en Bruselas. Vemos una vez más que uno de los talones de Aquiles de la UE es precisamente la burocratización de sus órganos de decisión. Y en el mundo actual, marcado por la aceleración con que las cosas cambian, solo sobrevivirán a medio y largo plazo los más rápidos a la hora de enfrentar los cambios. España está en una encrucijada. El modelo económico que nos ha impulsado en los últimos años está periclitado. No podemos sentarnos a esperar que vuelva, como las aves migratorias por primavera, la época de bonanza. Si no reaccionamos, nos convertiremos en un país estancado y volveremos a niveles de paro que creíamos superados. Ejemplos de ello hay en la UE. Y no hace falta ir muy lejos para encontrarlos.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
05/06/2008


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