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Escuela de gobernantes |
El camionero propietario es, sin duda, una figura romántica, un caballero errante a lomos de los caballos de vapor de su vehículo que recorre amplios espacios con la libertad que le da ser el dueño de su destino. La realidad industrial ha venido a quebrar ese mito al descubrir la debilidad de las pequeñas empresas de transporte. Los actuales precios del crudo están poniendo en un serio brete la supervivencia de ese modo de ganarse la vida sin amo y sin horarios. Incapaces de repercutir el precio del combustible a sus clientes por la política de dumping social de las grandes empresas, la angustia atenaza a estos pequeños propietarios atrapados entre la espada de unos costes que no paran de subir y la pared de unos precios por kilómetro que permanecen invariables desde hace mucho tiempo. La papeleta que tiene ante sí el Gobierno es delicada. La demanda de los transportistas de que se fije un precio mínimo para el transporte atenta claramente contra las sacrosantas reglas del libre mercado imperantes en la UE. Las subvenciones directas sentarían un precedente para otros sectores de la producción afectados por el alza del precio de los combustibles, que podrían reclamar un trato semejante. El pesquero, sin ir más lejos. Pero ¿qué sector no lo está? Lo único que ha hecho la crisis ha sido convertir en perentoria la necesidad, que ya venía de antes, de reestructurar el sector del transporte por carretera.
Pero ese no va a ser el único problema que se le va a presentar al Gobierno de Zapatero durante esta segunda legislatura. En la primera, con el viento de la economía inflando las velas de la gobernación, el presidente no había tenido la ocasión de ahormar su labor de gobierno con las dificultades. Zapatero, un optimista cósmico, no tenía tras de sí ninguna experiencia de ejercer de administrador en ningún ámbito de la política. Su única escuela había sido la de hombre del aparato de un partido político.
Con ese escaso equipaje se dispuso a gobernar tras su triunfo electoral de 2004. Con ese bagaje y con la tendencia a creer que basta con querer algo para poder lograrlo. Es de esperar que en estos cuatro años haya aprendido que la voluntad no basta para resolver los problemas y a distinguir que las acciones de gobierno son de varios tipos. Hay asuntos que se resuelven de un plumazo y que quedan zanjados de un modo más o menos definitivo con una ley. Para ello, basta con ser capaz de interpretar las necesidades y el sentir de la ciudadanía, y con lograr una mayoría parlamentaria suficiente para poder aprobarla. La ley de matrimonio entre personas del mismo sexo podría ser un ejemplo.
Hay otro grupo de cuestiones en las que la voluntad de resolver un problema y la adecuada comprensión de la naturaleza del mismo, con ser importantes, no lo son todo. En la negociación de la modificación de los estatutos de las autonomías hay que contar con la voluntad de los demás y con los escollos que los adversarios puedan ir poniendo, que pueden llevar a un gobernante a transitar por caminos que no había previsto. El Estatut catalán y la negociación de la paz con ETA probablemente le han enseñado a Zapatero la distancia que hay entre el quiero y el puedo.
Hay otras cuestiones en las que la voluntad es importante, pero ha de ser mantenida durante mucho tiempo y los resultados tardan mucho en llegar. En esos asuntos, auténtica piedra de toque para un gobernante con visión de futuro, no se puede pensar en términos de réditos electorales inmediatos. Conseguir una educación eficiente y modernizadora o una justicia ágil e independiente de los intereses particulares —ya sean los de los partidos políticos o los de poderosos grupos de presión— son asuntos vitales que se podrían encuadrar en este aparatado. Y, por último, existen ámbitos en los que el margen de actuación es muy limitado y, sin embargo, vital. Es este último apartado está la economía. Zapatero se meció en su primera legislatura en una ignorancia supina en los temas económicos y tendió a pensar —¡otro que tal!— que el milagro era él. La gravedad, amplitud e incógnitas de la actual crisis lo convencerán de que no existen milagros, sino, actuaciones pulcras, medidas y bien razonadas y de que, pese a ello, los resultados pueden estar muy alejados de lo soñado. La actual huelga del transporte es un avance de lo que está por venir. Veremos cómo Zapatero se desenvuelve en una situación en la que el viento va a soplar en contra durante bastante tiempo. Una crisis es la auténtica escuela para los gobernantes y el aprobado sólo se obtiene sacando la máxima nota. |
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Artículo
aparecido en:
La Opinión de Murcia |
Fecha publicación:
11/06/2008
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