Pendular

Vivimos aferrados a un péndulo como tarzanes en liana. Ayer eran las bondadosas regularizaciones masivas con no importa qué documento como base y hoy es el internamiento de inmigrantes durante meses en centros guantanameros. Aquel Zapatero que asombraba al mundo con sus fulgurantes e innovadoras propuestas —como aquella nunca bien ponderada Alianza de Civilizaciones— ahora sigue con fidelidad perruna las que emanan de esa Europa cristiana bajo la égida de los mellizos Berlusconi–Sarko, acaso herederos naturales de los gemelos Lech y Jarosław Kaczyński. El campo semántico también ha oscilado. De las complejas ecuaciones de la deceleración acelerada se ha pasado a las del movimiento armónico simple de la crisis.
También el PP nos deleita con oscilaciones pendulares de cierta amplitud, aunque su frecuencia, como corresponde a un partido conservador, es baja, casi geológica. Dicen que van hacia el Centro, lugar metafísico donde los haya, pero lo que nos están ofreciendo es un freno y marcha atrás de libro. Ya no son demoníacos los partidos nacionalistas, España ya no se rompe, al menos oficialmente, y Zapatero ya no traiciona a los muertos sino que sigue una política antiterrorista de las que se pueden apoyar, aunque sea con reservas. Péndulo literario en el que Esperanza Aguirre y Ruiz Gallardón han intercambiado sus respectivos papeles, de bastión y horizonte del partido y de verso libre. Para convencerse de que el péndulo de Foucault del PP se mueve basta ver cómo en su trayectoria ha ido derribando uno tras otro los firmes mojones de Zaplana, Acebes, María San Gil, Astarloa, Costa, Elorriaga y tutti quanti. Los que se han puesto en su lugar responden a otra estética mucho más cool. Donde había recios varones que invocaban los principios, ahora hay señoras de cintura más flexible. No se me tilde de sexista si digo que la imagen de María Dolores de Cospedal rivaliza ventajosamente en galanura con las miembras del Gobierno Zapatero. Hasta el punto de que sólo los que eran capaces de llamar “modistillas” a estas últimas seguirán llamando despectivamente “Pepiño” al Secretario de Organización del PSOE. Ya no hace falta. La nueva ejecutiva del PP ha convertido a José Blanco en un personaje obsoleto. Rajoy les ha dado donde más duele, en el Vogue. Mariano ha proporcionado la firme chiquenaude que necesitaba el péndulo. Resta por ver si él mismo es capaz de asirse y oscilar con él. No olvidemos que hasta hace poco formaba parte de los que están firmemente anclados a sus inmutables posiciones.
Entre Escila y Caribdis parece que también pendula la Santa Iglesia Católica. No se puede explicar de otra manera la disputa que sus príncipes en España mantienen acerca del locutor estrella de su emisora radiofónica, Federico Jiménez Losantos. La Caribdis sería la pérdida de audiencia e ingresos que previsiblemente supondría el despido del rutilante y tonitronante locutor. Los valores que Losantos defiende son el torbellino Escila por el que se puede sumir la credibilidad episcopal, especialmente ahora que el radiofonista de sus desvelos acaba de ser condenado judicialmente por intromisión en el honor de un alto mandatario del partido de cuyo brazo han desfilado por las calles en alegres manifestaciones dominicales.
Nadie diría que la milenaria institución religiosa romana estuviese sometida a ese tipo de oscilaciones. Y, sin embargo, los fieles andan confundidos acerca de la propiedad de una institución universitaria murciana que lleva por nombre “católica” y por apellido “san Antonio”. Disputan por la propiedad del centro educativo, sus instalaciones y sus terrenos el obispo de la diócesis y representante de Roma de un lado, y José Luis Mendoza, el presidente de una fundación de otro. Pareciera que de la pobreza y obediencia —por no mencionar la castidad, después de que la diócesis de Boston se haya arruinado por el pago de las indemnizaciones a que fueron condenados sus curas pederastas— ya no queda nada. Precisamente porque lo que está siendo objeto de litigio entre Mendoza y el obispo está valorado en cifras con muchos ceros a la derecha se da tal encono en las posiciones. Por cierto, ya que mencionamos la pobreza, ¿se han fijado en los zapatos que gasta el Papa Benedicto XVI? No recuerdan en nada a las sandalias del pescador. Pero hablábamos de obediencia. La obediencia se había mantenido hasta ahora como una de las notas características del catolicismo. Lo que Roma dictaminaba, iba a misa. Y sin embargo, otra vez el péndulo, no se ha impuesto bien a Mendoza, bien al obispo la obediencia debida. Por eso litigan.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
26/06/2008


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