Medidas contra la crisis e ideologías

En la actual crisis no se está jugando el futuro del mercado ni el de la socialdemocracia. No son el liberalismo ni el keynesianismo los que nos han de salvar. El futuro no se dirime en el campo ideológico. No está en peligro la sacrosanta libertad de empresa. La regulación de los mercados financieros no es un pecado de lesa libertad, de lesa economía o de lesa modernidad. Lo único que nos puede sacar del embrollo es una modesta pero poderosa herramienta, si se utiliza adecuadamente: la racionalidad.
Tenemos un problema gordo y es que la economía se ha gripado. Se ha producido una implosión y varias señales de alarma se han disparado en casi todo el mundo. En algunos países, como en España, la situación es más delicada porque el paro es mayor que en otros países de nuestro entorno, y eso es un serio problema. En primer lugar, para el que lo padece; y en segundo, para el Estado, que ha de hacer frente a las prestaciones por desempleo recaudando mucho menos, es decir mientras acumula déficit. La tarea más urgente es salir de ese círculo vicioso de reducción de ingresos públicos y privados al tiempo que aumenta el gasto público.
Es una situación de emergencia y la respuesta, en lo posible, ha de ser rápida y contundente. Y aquí, me temo, no cabe mucha ideología. Entiendo por ideología esa visión apriorística de la realidad que trata de explicarla por medio de recetas prefabricadas. El ideólogo es, así, incapaz de analizar racionalmente un problema porque antes de planteárselo ya tiene la solución, cuando de lo que se trata es precisamente de un modesto uso de la racionalidad para solucionar las dificultades sopesando el alcance y las consecuencias de las medidas que se pueden tomar. Necesitamos al frente de la política económica a un mecánico a la antigua usanza, que sea capaz de aplicar su fino oído al motor renqueante para saber qué tuerca apretar, cuál aflojar y qué ajustes hay que hacer en el carburador para que la máquina marche de nuevo. Es cierto que la economía es mucho más compleja que el motor de explosión. Por eso, con harta frecuencia los más eximios economistas no han sido capaces de ver lo que se nos venía encima, y valga como ejemplo la crisis actual. Sucede que, todavía hoy, las predicciones en economía son tan poco fiables como lo eran hasta hace poco los pronósticos meteorológicos. El número de variables es tan elevado y tan complejas sus interacciones, que todavía no existen modelos matemáticos capaces de controlarlas. Sin embargo, no queda otro remedio que plantearse el problema y tratar de solucionarlo por lo memos sin apriorismos ideológicos de ningún tipo. Tan inútiles para resolver la situación son los que piensan que basta dejar los mercados en libertad para que las cosas se arreglen por sí mismas, como aquellos que sostienen que todos los males vienen del maligno Capital —al que hay que embridar— que desde algún oscuro rincón hace sus jugadas para sumir a los trabajadores en la crisis a fin de que sus beneficios sigan creciendo. Igual de inútil es ese optimismo de la voluntad que considera que basta querer una cosa para que se haga realidad. Es una forma infantil de pensamiento mágico que nuestros gobernantes muestran a veces. Hacía gala de ella nuestra vicepresidenta segunda y ministra de Economía, Elena Salgado, cuando el ex director adjunto del diario estadounidense Washington Post, Phil Bennet, le preguntó si el gasto social actual es sostenible respondió: “es sostenible porque según nuestras prioridades lo hemos puesto en el máximo (sic) lugar”. Es la racionalidad, y no los eslóganes ni las etiquetas, lo que nos permitirá salir de la crisis.
Que la salida de la crisis sea, sobre todo, un problema técnico no significa, sin embargo, el fin de las ideologías a manos de la ciencia económica. No es la economía la que debe determinar el tipo de sociedad que queremos crear. Nunca será indiferente quién nos gobierne. El modelo social que queremos construir es lo que nos define y lo que nos hace elegir a los gobernantes más idóneos para conseguirlo. Pero ahora, el margen de maniobra es muy estrecho y por eso importa tanto acertar con las decisiones que traigan empleo y prosperidad. Por eso, si somos capaces de diagnosticar, aunque sea a toro pasado, las causas de esta crisis, hemos de llegar hasta el final y acometer las reformas que sean necesarias para evitar que se repita. El protagonismo excesivo e insano del capital especulativo ligado a las finanzas —y no a la producción y el intercambio de bienes— es uno de los puntos más débiles de este sistema. Que no alcen la voz los ideólogos liberales de vía estrecha, eslogan manido y cortas entendederas, rasgándose las vestiduras porque alguien ose tocar la sacrosanta libertad de empresa. Lo que importa —iba a decir, románticamente, “son los hombres”— es el frío buen funcionamiento del sistema. Eso sí es imprescindible para resolver después cómo lograr una sociedad más justa y equitativa. Porque no hay nada tan injusto como el paro y la pobreza.
Necesitamos al frente de la política económica a gente con solvencia técnica, buen tino y capacidad para resistirse a las presiones, sobre todo a las de los poderosos, que son los que menos sufren las crisis. ¿Hay alguien que responda a ese perfil? Le daríamos encantados el trabajo.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
17/06/2010


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