Está a punto de salir un nuevo libro del conocido astrofísico británico Stephen Hawking, “The great design”, escrito en colaboración con su colega Leonard Mlodinow. Ya antes de salir de la imprenta el libro ha hecho correr mucha más tinta de la que hay en sus páginas. De momento, lo único que ha trascendido de su contenido, parece que divulgativo sobre el origen del universo, es que se afirma que no es necesario recurrir a la existencia de Dios para explicar el origen del universo. La ciencia moderna—y la filosofía de la ciencia— ha avanzado mucho desde el Renacimiento hasta nuestros días. Desde luego, lo suficiente para distinguir claramente lo que es una hipótesis, de una ley establecida o de una teoría. La ciencia hoy no acude en ningún caso a lo sobrenatural —y Dios es lo sobrenatural por antonomasia— para explicar la naturaleza. Hasta aquí, pues, nada nuevo. Ningún investigador admitido como tal por la comunidad científica recurriría a la existencia de Dios para explicar cualquier fenómeno objeto de estudio de su disciplina. Eso parece meridianamente claro en ámbitos del conocimiento concretos como la virología, la química de los metales o la macroeconomía, pongamos por caso.
Y, sin embargo, se diría que la cosmología se presta todavía a elucubrar sobre la existencia o inexistencia de un Dios creador que explique el origen de todo lo que hay. Es cierto que la teoría del Big Bang, la que hoy se acepta para explicar el origen del universo y el comienzo del tiempo, parece que nos deja insatisfechos y nos invita a mantener las preguntas clásicas de la metafísica o la teología, como por qué hay algo en lugar de nada o por qué la materia se rige por regularidades que nosotros enunciamos como leyes científicas, generalmente expresadas en términos matemáticos, en lugar de no obedecer a ninguna constancia o regularidad.
Seamos honestos, cualquier respuesta que demos, hoy por hoy, a esas cuestiones sigue siendo puramente especulativa y, por consiguiente, no científica. O lo que es lo mismo, ningún científico incluiría tales especulaciones en un contexto profesional.
La ciencia prescinde de Dios, por consiguiente, es atea, lo que no quiere decir que todos los científicos lo sean. En sus ratos libres pueden dedicarse, como afición, a la teología, como a la filatelia o la colombofilia. Pero nunca como científicos, porque la ciencia se detiene ante las preguntas para las que no tiene respuesta. Al menos mientras no logra una respuesta científica. Y, hoy por hoy, las respuestas a la pregunta sobre el origen del universo se acaban en el Big Bang y las hipótesis acerca de lo que pudo ocurrir en los primeros instantes tras la gran explosión. Cualquier paso más allá se busca con la lógica de las explicaciones científicas y no con esa rama de la literatura fantástica que son los mitos, Dios incluido.
Puede que estas severas limitaciones dejen sin colmar los anhelos de conocer de muchas personas, sean o no científicos. Esa insatisfacción, que nace de la necesidad de explicar la realidad que nos rodea, y que ha dado origen a las narraciones míticas es no obstante también la raíz de la ciencia. La globalización y la era de las comunicaciones nos han permitido conocer bien la diversidad de este tipo de narraciones —cada cultura tiene las suyas y en lo que todas coinciden en su obstinada creencia de que las propias son las verdaderas— y esto debería llevarnos a relativizar su valor explicativo. Especialmente desde que la ciencia ha mostrado la universalidad y contrastabilidad de sus explicaciones.
Es cierto que buena parte de la población no tiene la formación necesaria para comprender las hipótesis, leyes y teorías de la ciencia actual—especialmente las más complejas y las más avanzadas, como las de la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad, por ejemplo— y que, por lo mismo, para esa mayoría las explicaciones científicas son igualmente una cuestión de fe. Habría que aprovechar la oportunidad de la educación universal de las sociedades desarrolladas para que los que pasan por ella lograsen entender al menos la radical diferencia entre la ciencia y el mito religioso y la superioridad intelectual de aquella, incluso en la fundamentación de las cuestiones morales.
Volviendo a Hawking, habrá que leer su nuevo libro para ver lo que realmente ha dicho en torno a la existencia de Dios. Si afirma que la hipótesis de la existencia de Dios es ajena a la ciencia, era algo ya sabido. Quien quiera seguir consolándose con esa idea está en su derecho de hacerlo. Pero también debería ser consciente de que tampoco hay razones de peso para preferir el dios cristiano al de los mahometanos o a los seres sobrenaturales de los hindúes, los animistas o los sintoístas. La ciencia, por el contrario, no sólo permite la discusión de las hipótesis, sino que la requiere. En su favor, además, se puede decir que las ideas científicas, que se sepa, jamás han llevado a los hombres a la guerra. No se puede decir lo mismo de la creencia en los dioses, en cuyo nombre han sufrido y sufren no pocos científicos. |