Profundo descontento

Hoy se vota quién va a ser el presidente de la República Francesa durante los próximos cinco años. El hecho que una representante genuina de la extrema derecha sea quien dispute el puesto al actual titular, habiendo desplazado a los demás candidatos y teniendo opciones reales de triunfo en esta segunda vuelta, debería hacernos meditar. Marine Le Pen ha asegurado que, una vez que acabe la guerra de Ucrania, iniciará un acercamiento a la Rusia de Putin y se replanteará seguir en la OTAN. La apuesta de la candidata de extrema derecha es clara. Putin representa un régimen autoritario en el que se prohíbe la libertad de expresión, se reprime salvajemente a la oposición con cárcel, envenenamientos o disparos en la cabeza. Un régimen que invade otro país a sangre y fuego negándole la capacidad de decidir su destino. ¿Qué puede impulsar a un votante de la culta, pacífica y democrática Francia a apoyar a una candidata dispuesta a dar ese giro copernicano a la política francesa? Porque tras el cambio de alianzas vendría la imitación, más o menos exacta, del modus operandi del aliado. La única respuesta que se me ocurre es la existencia de un muy profundo descontento en las amplias capas de la población que votan a Le Pen. O a Vox, entre nosotros. Porque el auge de la extrema derecha es un fenómeno muy extendido en los países democráticos. Los líderes presuntamente democráticos de estos países deberían reflexionar seriamente sobre ello. Y en caso de no ser capaces de reflexionar para poner remedio al malestar social, entonces deberían hacérselo mirar.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
24/04/2022


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