Educación moral

Recientemente se han sucedido episodios de violencia sexual perpetrada por grupos de varones —en algunos casos, menores de edad— que han asaltado a mujeres o niñas y que han causado —justificadamente— bastante revuelo social. No pocos han señalado el acceso a pornografía —que, según las estadísticas, comienza a edades preocupantemente tempranas— como el principal elemento que conforma entre la juventud una visión deformada de la sexualidad humana que desembocaría en la aparición de la llamada “cultura de la violación”. Así, desde estamentos ministeriales y educativos se preconiza la educación sexual como una necesidad urgente para hacer frente a la epidemia de violaciones grupales. Creo, humildemente, que quienes piensan así yerran tanto el diagnóstico como el tratamiento. Opino que la causa principal no es la falta de formación en cuestiones de sexualidad y, por consiguiente, no creo que impartir este tipo de educación —de la que me declaro partidario y contrario a cualquier pin parental que la obstaculice— vaya a resolver el problema.

Vejar, despreciar, dominar, herir en lo más íntimo y utilizar cualquier tipo de violencia contra otros es, ante todo, una cuestión moral. Así que, lo que se necesita para evitar cualquier conducta de este tipo, en el sexo o en la convivencia, es la educación moral. Y la educación moral no es algo que se pueda encargar a la escuela para que la imparta en charlas semanales en los centros educativos. Aunque necesario, eso no será suficiente. Es toda la sociedad la que educa moralmente. Por mucho que se enseñen en la escuela las normas de la educación vial, pongamos por caso, si el padre de un niño cruza los semáforos en rojo y se comporta como un energúmeno al volante no es muy realista esperar que el infante se convierta en un civilizado conductor o transeúnte. La educación moral —imprescindible aunque no panacea, hay individuos refractarios— ha de proporcionarla la sociedad en su conjunto y no solo la escuela. Si los trapaceros, los que desprecian a los demás, los que imponen su dominio con engaño o violencia son los que triunfan y suben como la espuma en la escala social, entonces la educación moral está seriamente lastrada.

No está mal que además se enseñe lo que a muchos nos ha costado errores, meteduras de pata y torpezas múltiples y diversas aprender. Pero lo relativo al sexo, como todo lo que tiene que ver con el deseo y con las más profundas pulsiones humanas, tiene algo de misterioso e inefable que no se puede trasmitir magistralmente. También por eso es tan valioso.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
29/05/2022


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