Diques frente a la marea ultra

Se ha hablado mucho del “cordón sanitario” en torno a la extrema derecha, que consistía básicamente en no firmar ningún tipo de pactos con ella para aislarla y así evitar su acceso al poder. Ya se han visto los resultados que en Europa ha dado tal cordón: un ascenso, se diría que imparable, su llegada al poder en algunos países y su inminente arribada en otros.

Timothy Garton Ash reflexionaba esta semana sobre la aparente inevitabilidad de la entrada de esa extrema derecha en los gobiernos europeos y, desde la experiencia de lo que está ocurriendo en EE.UU. con la segunda presidencia de Donald Trump, qué se puede hacer para impedir que destruyan la democracia, una vez en el poder en solitario o en coalición. O, en todo caso, que los daños que inflijan a la misma sean mínimos.

Dos son los aspectos clave. El primero, la importancia de unos medios públicos de confianza, al estilo de la BBC. Nuestra RTVE está muy lejos de alcanzar los estándares de excelencia de la cadena británica. Y en cuanto a su independencia, unos y otros han hecho lo que han podido para arrimar el ascua a su sardina ideológica. La cima de la utilización partidista estuvo en aquel “ce-ce-o-o” de Urdaci, de infausta memoria. A estas alturas, está claro que ningún grupo político español ha apostado seriamente por crear una cadena pública de calidad e independiente del gobierno de turno, sin darse cuenta de que abusar de ella cuando se está en el poder acarrea el frío gélido que se experimenta en la oposición cuando no se está arropado por el periodismo pesebrista. Sánchez pareció darse cuenta, pero ¿fomentó por ello la independencia de RTVE? Quiá. Intentó crearse una televisión privada a medida para cuando le tocase pasar a la oposición. Tuvo la idea de bombero atómico de crearla con periodistas y comunicadores afines… y con el dinero de otro. Lo malo es que ese otro, Joseph Oughourlian, no estaba por la labor de poner su pasta a mayor gloria de Sánchez. No hay, pues, mucho que temer por esa parte, pues el presidente español no cuenta con una corte de oligarcas propietarios de medios que se plieguen a sus deseos, como sí han hecho populistas en el poder, como el mismo Trump. No se puede decir lo mismo de las derechas españolas.

El segundo aspecto clave es la importancia de un poder judicial realmente independiente. Y aquí sí que pinchamos en hueso en nuestro país. Todos los partidos políticos han intentado —y logrado en muchos casos— meter cuchara en el Poder Judicial. Todos han entrado en la dinámica de controlar los diversos órganos de este poder para contar con su favor. Es de sobra conocido el bloqueo durante años del Consejo General del Poder Judicial —el órgano de gobierno de los jueces— porque ningún partido renunciaba a tener el control del mismo. Los unos defienden que los jueces elijan a los jueces que les han de gobernar porque saben que la mayoría de los magistrados es de orientación ideológica derechista, como muestra la afiliación mayoritaria de togados a asociaciones profesionales conservadoras. Los otros sostienen —al abrigo de su mayoría en la Cámara— que debe elegirlos el Parlamento porque ahí reside la voluntad popular, argumentan. Además, estos mismos planean crear becas para preparar oposiciones a juez para que no solo los hijos de los más pudientes —a los que se supone de derechas— puedan acceder a la carrera judicial. Y unos y otros se afanan en contrarrestar las influencias del rival. Si el Tribunal Supremo está colonizado por el PP, el Constitucional lo está por los llamados ‘progresistas’. Así, lo que los unos ganen en el Supremo, los otros lo llevan al Constitucional. De todo esto resulta no solo una innegable politización de la justicia —un juez que ambicione una carrera judicial tiene que acogerse a la protección de un partido que, a cambio de su fidelidad, lo promocionará en su carrera—, sino también una igualmente indeseable judicialización de la política.

Si algo puede frenar en alguna medida los desmanes de Trump en Estados Unidos son los tribunales. Aquí, estamos sentando las bases para que la socavada independencia judicial no pueda protegernos de los ataques a la democracia esperables de una extrema derecha en auge.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
30/11/2025


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