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La literatura y la industria editorial |
Lo literario tenía su asiento en las instituciones más o menos académicas. Las cátedras universitarias, la Real Academia, los premios literarios institucionales y algunos venales de prestigio. Incluso una sociedad literaria que admitía en su seno o expulsaba o vetaba a los no dignos de ser acogidos en ella. Hoy, la industria editorial, una industria como cualquier otra, se encarga de producir artefactos que pone en el mercado con un único fin: que la empresa sea rentable. Cada euro invertido en la industria editorial debe producir un rendimiento económico equiparable a cualquier otra inversión. Si no es así, los accionistas migrarán sus inversiones a empresas más lucrativas.
El resultado es que la industria editorial prima sus propios engranajes sobre el producto que coloca en el mercado. A sus ejecutivos no se les exige un amplio conocimiento de la literatura. Tomo aquí este término, ‘literatura’, en un sentido amplio: literatura es lo que está en los libros independientemente de si se trata de narraciones, obras de teatro, ensayos, recetas de autoayuda o cualquiera de los subproductos que hoy se empacan en un volumen que ya no tiene que salir de una imprenta, pueden ser una serie de bits que se convierten en texto o en sonido como ‘podcasts’ o audiolibros. Como a cualquier otro ejecutivo de una gran compañía moderna, se les exige que aumenten las ganancias de los inversores. En este sentido, los ejecutivos se consideran a sí mismos gentes altamente cualificadas y merecedoras de los altos salarios y la valoración de los dueños de empresa para la cual trabajan. Ellos mismos incluso pueden ser miembros de ese accionariado. Por lo mismo, estos ejecutivos de los grandes grupos editoriales, que ya forman parte de conglomerados multimedia, tienden a considerar a los autores que les proporcionan la materia prima para su especial mercadería unos pobres diablos que son incapaces de generar riqueza por sí mismos, incompetentes para monetizar ese extraño don que poseen. En eso no difieren mucho de las industrias trasformadoras, que tratan a los productores de la materia prima con total desprecio. La industria alimentaria, por ejemplo, exprime todo lo que puede a los agricultores y ganaderos.
Los relatos que elabora un escritor son esa materia prima con la que la industria editorial elabora un producto sofisticado: el libro. Un producto que, para generar riqueza, hay que saber promocionarlo y saber a qué público se destina, lo que en la jerga se llama el ‘target’. Muchas veces, la industria considera que esa materia prima le llega en bruto y ha de ser transformada para adecuarla a los gustos del gran público; así, si un escritor se resiste a esas transformaciones, es considerado díscolo e ignorante de lo que es el mercado y, por lo mismo, despreciable. Es incluso despreciado, como se hace con la ganga del mineral que usa la industria metalúrgica.
El gran público es el ‘target’ que busca la industria por razones obvias. ‘Gran público’ equivale a grandes ventas. Un ‘best seller’ garantiza grandes ganancias. Por consiguiente, es el producto favorito de la gran industria editorial.
Además, la industria editorial multimedia sabe utilizar sabiamente las sinergias. Como tienen emisoras de televisión o productoras de contenidos para televisión, aprovechan la caja de resonancia de la tele, que crea mitos modernos con amplia penetración en los hogares, no solo para promocionar sus productos. Aprovechan la curiosidad y la falsa familiaridad que producen en el telespectador los ‘famosos’ televisivos para ofrecerlos a ellos mismos como producto. Sus factorías producen textos que los famosos venden como si fueran suyos: ‘Compra mi libro y me tendrás a mí en tu casa’.
Menos mal que existen pequeñas editoriales independientes que todavía se empeñan en ofrecer en los volúmenes que sacan al mercado auténtica literatura. De su viabilidad depende la supervivencia de la literatura. Y su viabilidad depende de que siga habiendo lectores que distingan la auténtica literatura de los productos industriales. |
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Artículo
aparecido en:
La Opinión de Murcia |
Fecha publicación:
20/09/2026
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