Mundo complejo, mensajes simples

El actual discurso político es muy simple quizás porque está orientado hacia la conquista del poder sin que quienes lo ambicionan sepan muy bien qué hacer con él una vez conquistado además de perpetuarse en él. Y hoy el acceso al poder se busca con un mecanismo más simple que el del botijo: señalar al causante de todos los males y las frustraciones que afectan a la gente para que las masas se suban al carro propio de modo más o menos entusiasta. Los actuales discursos políticos son una clara muestra de cómo se logra atraer al votante sin hablar de lo que realmente le atañe. Basta presentar al malo para que en muchos se dispare el reflejo, seguramente tan antiguo como la humanidad, de buscar un causante de todos nuestros males y canalizar hacia él el resentimiento que nos producen nuestras frustraciones.

La demonización del rival tiene otra ventaja añadida: todo se reduce a sacar del poder —o impedir su acceso a él— a ese ser o esa fuerza maligna. Y al final todo se reduce, además de a maldecirlo, a no votarlo. De ese modo la causa de todo lo malo que nos aflige es simple y el intento de apartarlo del lugar desde el que nos puede hacer daño —La Moncloa— tampoco requiere una acción compleja, aunque el mundo sí lo es y, por ello, también los problemas que deben abordar los políticos en el poder.

Es bien conocido que hay una solidaridad que une frente a un adversario común, y es uno de los más poderosos aglutinantes sociales. Los partidos políticos conocen bien este mecanismo y lo fomentan. En este sentido se han ido dando pasos para que esa pseudosolidaridad despierte motivaciones y reflejos más primarios. Basta reparar en la diferencia entre la relativamente neutra consigna “váyase, señor González”, el mantra aznariano para desalojar a Felipe González de La Moncloa, y las acusaciones actuales, mucho más directas, pronunciadas a menudo con la forma de insulto. A Pedro Sánchez se lo tilda de ‘traidor’, ‘okupa’, ‘felón’, ‘mentiroso’, ‘trilero’, términos todos ellos más crudos y menos refinados que aquel “tahúr del Misisipi” con el que Alfonso Guerra obsequió a Adolfo Suárez en los lejanos e inocentes días de la Transición, en los primeros ochenta.

Los partidos de izquierda, por su parte, si bien de modo más tímido, también tratan de concitar la misma solidaridad falsa frente a una derecha a la que acusan de querer abolir los derechos conseguidos. Hay que reconocer que la extrema derecha rampante en buena parte del mundo es la que ha usado con más ahínco y con mayor éxito el recurso de unir a la gente frente al enemigo común, que en nuestros días es el extranjero, el inmigrante y quien ellos señalan como su protector, el que nos traiciona. Al mismo tiempo, en España, los problemas —el déficit de vivienda, el trabajo mal remunerado o la falta de él— encuentran en su ideario una explicación simple: Pedro Sánchez y los inmigrantes. La pereza mental y la desaparición de hábitos reflexivos —el ‘scroll’ infinito sustituyendo la lectura, por ejemplo— favorecen la adopción de esas explicaciones fáciles por parte de amplias capas de la población.

Desde luego, constituye un peligro el auge de la extrema derecha y el seguidismo, al menos en nuestro país, de la derecha tradicional de las estrategias de los partidos ultras. Desde luego, la sustitución del debate racional por las consignas que apelan a sentimientos primarios constituye otro serio peligro. Ambos conducen a la desaparición de la democracia. Lo que está pasando en Estados Unidos o en Argentina debería servir de aviso a navegantes. El mundo es muy complejo, y los trileros ocultan su juego real, que no es otra cosa que conseguir el poder a cualquier precio, bajo la farfolla de su dialéctica simplona de amigo-enemigo. Y quienes no creen en la democracia tienen como objetivo destruirla.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
18/10/2026


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